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martes, 14 de abril de 2015

RELOCOS Y RECUERDOS

A veces soy un poco como Natalie Portman con su “¿Sabes que hago cuando me siento tan poco original? Blablablablaaaaaaaa! Hago algo que nadie haya hecho antes, así me vuelvo a sentir distinta aunque sea por un segundo, venga ¡Pruébalo!” y me vuelvo loca y bailo por el pasillo, o echo a correr con todas mis fuerzas para terminar en el mar. Por si acaso los sueños se me escapan, por si se me olvida quien soy y porqué me gustan las estrellas. A veces soy azul y me mezclo con el verde y termino de algún color indefinido. A veces me pierdo entre las alturas con ganas de volar, y camino con ganas de tumbarme y mirar el cielo. Y soy un poco como la señorita Poulain refugiándose en su soledad, haciéndose preguntas idiotas sobre la ciudad que se extiende ante sus ojos. 


Y hago fotos a mis pies para que nunca se me olvide por donde piso, todos los sueños que me hacen despegar. Recojo todos los tesoros que encuentro por el suelo y lleno mi alma con todo lo que encuentro. Y por ahora tengo el corazón a medias, en ruinas y en blanco y negro.

Así es la vida, llena de contrastes, y así soy yo: una maldita loca llena de sueños y des-sueños. Relocos y recuerdos.

martes, 31 de marzo de 2015

A MIL REVOLUCIONES POR HORA

Alguien fotografía desde el último piso un barrio que no conozco, en el que nunca estuve, pero, por un instante, me encuentro caminando en él. Vuelvo con las bolsas de la compra del supermercado a casa, un bajo. Hoy toco comprar salmón, pan, yogures, y tarros de conservas. Comida enlatada. Llevo años alimentándome de comida precocinada, podría ser un símil de la vida. Paso delante de la floristería, querría comprar un par de flores. Siempre soñé con poder cada mañana coger un ramo de flores del jardín de mi casa, colocar el jarrón en medio de la mesa y preparar el desayuno, pero, me levanto despeinada y no hay jardín en un bajo. Corro a coger el autobús con el termo de café en la mano, camino de vuelta a casa. Es martes por la tarde y hace un sol espléndido, nadie diría que hace tan solo unos días era invierno. Llevo un par de días sin hablar con nadie conocido, el único que me da los buenos días es el dueño de la cafetería cada mañana. Llevo semanas sin escribir. Creo que sería más fácil si hubiese cafeterías en las que el camarero viniera a servirme café cada poco. Y beber y beber café toda la tarde. Con una libreta llena de palabras y tachones, y olor a café, abandonar ese lugar con la libreta llena de vida y el corazón vacío por una vez. Ligero, como el viento. En casa, la ropa huele a suavizante y se mueve con el aire, la cocina está llena de platos usados y en el cajón no quedan cucharillas de postre. Inexplicablemente es el cubierto que más utilizo: me paso el día tomando infusiones. Hace unos días compre una que se llama “Infurelax” y voy a dos sobres por día. 


Infurelax


Querría tener una azotea, vivir en los tejados. Siempre fui de las que sueñan más de la cuenta y se pierden imaginando que pasa más allá de sus ventanas, de sus fronteras. Viviendo en una película interminable, declarándome a las orillas del Sena “siempre pienso en ti, fúgate conmigo”. Pero no hay fugas, los aviones han decidido no aterrizar en este aeropuerto. En este cuerpo
Tengo la cabeza a mil revoluciones por hora y el otro día conté más de mil latidos por segundo, el diagnóstico fue: Sobredosis de realidad (o de café). He llegado a la conclusión de que debo sonreír más, acariciarme más la nuca, olvidar estas ganas de odiar todo lo que me encuentro a mi paso. Centrarme en querer. En quererme bien. Ponerme más vestidos. Caminar más por ciudades desconocidas. Aprender a mirar la vida con otros ojos, aunque sigan verde bosque como siempre. Vivir aventuras en la cama cada noche, leer, leer más, leerte más, ver más allá de tus ojos. Ya ha llegado la noche. Estoy sentada, mirando por la ventana, la soledad se extiende sobre mis ojos, las luces de las farolas llenan de vida cada rincón, es precioso.
Mi único plan para mañana es ponerme mi mejor vestido, salir de casa con ganas, y en el improbable caso de encontrarme contigo, mirarte a los ojos y sonreírte. Te prometo que intentare todos los días ver la vida con estos ojos, pero si algún día me ahogo, ven a rescatarme, que sigo siendo la misma de siempre.

La misma loca que te diría a orillas del Sena “siempre pienso en ti, fúgate conmigo. 

miércoles, 2 de julio de 2014

LA VIDA ESTA PARA SENTIRLA

¿Alguna vez habéis escuchado una canción que os ha provocado una sensación indescriptible?. Hoy me ha pasado a mí. Y me he puesto a escribir con la música de fondo y cuando he querido darme cuenta había rellenado muchas más líneas de las que esperaba. Voy a dejar la música. Si queréis ponerla de fondo mientras leéis la entrada tal vez podáis sentir lo que yo he sentido. Tal vez...
Por cierto, el video lo he buscado después de escribirlo todo. Por un momento prometo que me he quedado helada al ver el principio del vídeo...si leéis y lo veis tal vez entendáis el por qué.




La vida no era fácil. Y ella se limitaba a sentarse en el alféizar de su ventana mientras la gente, apresurada, abarrotaba las calles. Tan gélidas, tan llenas y tan vacías de esa vida que hacía tanto ruido a su alrededor y que ella no parecía vivir. Las luces cegadoras, las estrellas fugaces. Y después ese círculo amarillo en sus retinas al cerrar los ojos. 
La vida nunca fue un paseo, no es algo a lo viene a divertirse. La vida es un campo de batalla. Una lucha diaria, constante. Y que probablemente termine venciéndonos mientras nos limitamos a desaparecer de la faz de la tierra. Y sí, nos recordarán las siguientes generaciones. Nuestros hijos, nuestros nietos. Tal vez nuestros bisnietos sepan cómo nos llamábamos. Y puede que esas palabras perdidas, esas fotos olvidadas, esos actos, logros que tanto nos ha costado conseguir, se pierdan en el recuerdo de lo que fuimos una vez y nunca más seremos. 
La existencia es fugaz, efímera. Venir para irse. Despertarnos cada día sabiendo que será un día menos de nuestra vida. Horas que no volverán, minutos, segundos que se pierden. Que se gastan como se gastan los neumáticos de un coche en la carretera en verano. Y mientras ella  llora, le asaltan un sinfín de sentimientos. Recuerdos que nunca se han vivido. Ideas, imágenes que tal vez habría deseado convertir en realidad. Todas bajo la luz del atardecer de Julio. Esa luz que solía disfrutar con sus amigas, sentada en el bordillo de cualquier piscina. Ahora le parece que eso sucedió hace siglos y que aquellos fueron los mejores días que vivió. Echaba de menos esos días de sol y de risa. De pensar que eran lo más importante. El ombligo, la esencia de la vida. Que eran las que cambiarían el mundo y que todo se rendiría a sus pies. 
Hacerse mayor era simplemente continuar subidos en ese coche al que poco a poco íbamos desgastando las ruedas. Sobre el asfalto ardiente de esas mismas tardes de verano. Llevando el pelo suelto, una canción a todo volumen, gritando mientras sonaba en la radio. Llevando unas gafas de sol, una camisa ancha y una bolsa con lo justo y necesario para no volver en un par de días. Gritando esa letra con sus amigas de toda la vida, sentir que las unía  algo más allá de ese momento. Ese momento que ella deseaba capturar  para siempre. Abriendo los brazos y notando como el aire levantaba su camisa, su pelo y su sonrisa. Y en ese momento no pudo sentir más felicidad porque no creía  que hubiese otro momento que equiparase esa sensación de plenitud. De libertad.
Parar  el coche en cualquier recoveco de una carretera, al filo de una montaña. Y ver como se pone el sol mientras bebía las últimas gotas de una botella de cerveza. Y nota como sus hombros chocan con los de esas personas que la han visto crecer a su lado. Que han compartido con ella aventuras y secretos. Que han llorado y  reído en cada momento. Las mira y mira como el sol se esconde tras la montaña. Y es capaz de sentir como la vida puede respirarse. Como puede tocarse. Como en ese preciso instante en el que empieza a notarse la brisa de las noches de verano pararía el tiempo. Y no se haría mayor. Quedarse ahí, congelar ese instante de felicidad sabiendo que no hay que volver a sufrir, ni a llorar. 
El sol termina por esconderse. Esa es la mejor hora de las tardes de verano. Esa luz, esa paz. Siempre le encantó esa luz y lo que le hacía sentir. Querría parar el tiempo en ese instante y no volver. Quedarse allí para siempre. Y no pensar en que un día no sería recordada por nadie. No pensar en que la vida se encargaría de borrar sus huellas. En aquel instante ella sentía que su huella era imborrable. Sentía la vida fluir en sus venas. En aquel alféizar de aquella ventana, de aquella casa en aquella abarrotada ciudad donde  ella sonreía. 















martes, 12 de noviembre de 2013

INVENTARTE

Hoy estaba sentada en un banco, esperando. La verdad es que no prestaba especial atención a nada, porque hoy estoy cansada, con ganas de meterme en la cama y disfrutarla.
Volvemos a “hoy estaba sentada en un banco”. Me llama la atención que de repente salen de un portal muchísimas personas, muy distintas entre sí. Una joven teñida de rubio casi blanco, un tipo con el pelo larguísimo, una joven tímida y recatada, una madre extranjera a la que le esperaban sus hijas pequeñas, un músico, todos llevaban un carnet colgando del cuello. Miré hacia arriba, interpreté los rótulos de las oficinas encendidas, al parecer salían de un curso o algo parecido, pero eran muchas personas.



De pronto sale una chica, no sé describirla. Pelo por encima de los hombros, falda corta, fuma un cirgarrillo que deja suspendido en sus labios. Destaca entre las demás. Tiene algo que el resto no sabe que tiene. Tras ella aparece otra chica del curso, ambigua, no se conocen, parece que quiera seguirla para decirle algo.
Sus bicicletas están aparcadas en el mismo sitio. Coinciden. Pero la del cigarrillo no mira a nadie a los ojos.  Dos tíos la miran y le dicen alguna grosería en forma de piropo, no acierto a escuchar qué dicen, pero a ella le molesta, a mí también me molestan esa clase de hombres, esos que me dicen alguna gilipollez y creen que me voy a morir de emoción. Ella reacciona como yo reacciono ante esas cosas tan cotidianas, primero frunce un poco el ceño, después rectifica, no los mira, no les dice nada, los ignora.
Coge su bici. La otra también coge su bici.
Se marchan, y cuando alcanzan la esquina más próxima, toman caminos distintos.

Me han dado ganas de pararla, de decirle: tienes pinta de protagonista de un libro, o de una buena película.

viernes, 25 de octubre de 2013

CAFÉ






Quedó para tomar una taza que sabía a buenas maneras. Yo mientras tanto, tomaba un café que sabía a espuma de "octubre se me escapa entre las manos". De los que entre el humo y azúcar en su taza, se dibuja en la mía un noviembre temprano de confesiones al final de diciembre. Con ruido en sus ojos y chispas en los oídos. A tientas. Con luz de media tarde y prisas contenidas.
Sabía a dudas. Quedó para ver si el azúcar se posaba en el fondo o se disolvía. Si son mejor las calles en cuesta o las rampas con caída empicada. Mi café se enfriaba entre mis manos, se entrelazaba en mi pecho y... dejaba de saberme a octubre, noviembre o diciembre. Sin fecha a la vista.
Lo cierto es que pensé por unos momentos, que ese café, ya lo había disfrutado.

Me equivoqué.

sábado, 12 de octubre de 2013

SUPONGAMOS QUE….

Lámpara es una persona en esta historia. Lámpara piensa que no tiene muchas luces, pero lámpara brilla, resplandece a su alrededor. Se podría decir que aporta una luz cálida que alumbra lo necesario en situaciones necesarias. Lapicero es otra persona en esta historia, tiene una goma de borrar recuerdos, y una grapadora que viene genial para los días que te apetece sellar algo. Las grapas de Lapicero no se pueden quitar, como ese bolígrafo rojo que tiene para remarcar las cosas.
Lámpara está en la mesilla, y Lapicero en el escritorio. Sinceramente hay demasiado espacio entre un sitio y otro. Demasiado parquet de por medio. Lapicero podría arrojarse al vacío desde el borde de la mesa. Muchas veces piensa que no casa bien con Taza de desayuno, Portátil y Cenicero (que también son personas pero no son relevantes en esta historia) a Lapicero le llega la luz de la Lámpara de Techo, sin embargo quisiera ver la luz de Lámpara. Siempre pensó que no encajaría muy bien en la mesilla de Lámpara, a pesar de que las notas de su post-it harían un buen recordatorio. Como borrar con la goma para volver a reescribir la historia.
Lámpara no sabe nada en su mesilla y sus cosas.


Lapicero tiene demasiadas cargas entre bolígrafos y demás cosas que no sabe si podría llevarse de viaje.
Lapicero tacha los días en un calendario con un lápiz 2b de mina blanda. Lámpara se acaba de apropiar de una bombilla que alumbra también el escritorio. Lapicero brilla pero no con luz propia.
Lámpara y Lapicero son de Ikea, necesitan una mesa donde quepan los dos.

martes, 8 de octubre de 2013

DE GATOS A RAYAS Y GALGOS ACRÓBATAS

Hoy os vengo a contar la historia de Jaru y Mía. Les conocí meses atrás a través de su dueña, su trayectoria con ella es curiosa. Primero entro en escena  Jaru , apareció  por casualidad ya que se lo encontró en la calle y decidió acogerlo.Ella se enamoró de su mirada soñadora de cineasta de años 20 y siendo  una gran amante del cine debió pensar que era el destino quien había dejado a ese minino en su puerta. Poco a poco Jaru fue haciendo su rutina que trascurría indistintamente durmiendo (solo o acompañado porque es un gato que siempre te ofrece su calor), comiendo y curioseando cada paso que su dueña o cualquiera daba por el ático en el que viven. De vez en cuando, Jaru echa de menos la aventura y se enfrasca en algún viaje, el último de ellos finalizo en casa de la vecina de en frente  que no sabiendo que hacer con un gato tan grande y enérgico  intentó que volviera a su casa a través de los barrotes que separaban ambas terrazas. La operación fue un fracaso rotundo y Jaru con su magnífico cuerpo dio un salto de varios metros hasta alcanzar el tejado …allí se lo encontró mi querida amiga cuando regreso a casa tras el trabajo. Su vecina muy apurada le contó lo ocurrido, ella entro hasta la terraza , alargo el brazo y susurro su nombre. En un abrir y cerrar de ojos los dos estaban de nuevo en casa de lo mas risueños. Sí, sin duda, amor a primera vista.
Mía, una perra de raza galgo,larguirucha y con cierto aire de dinosaurio, fue  descubierta en un pueblo que se hizo famoso por dar a luz a una folclórica muy conocida de este país y que nos dejo hace poco; al verla allí tan pequeñita algo empezó a latir en el corazón de nuestra pequeña amante del séptimo arte, con sus ojitos miel y su pelo color trigo.
 Pero Mía no era consciente de ser oriunda de lugar tan ilustre, desde pequeñita demostró que ella tenía un espíritu libre, necesitaba correr, chapotear en la playa, respirar el aire de la montaña cuando salían al monte, cosa que en invierno ocurría muy a menudo y, al volver a casa, a pesar de tener su propia cama, siempre terminaba en  el sofá en las posturas más insospechadas; así que pensó que podía dedicarse a la acrobacia y se puso a aprender posturas imposibles que al principio llenaban de perplejidad a mi amiga y que luego termino por incorporar a su día a día de la forma más normal.
Mía y mi querida amiga tienen una relación amor-odio asegura esta última pero siempre que habla de ella se le encienden los ojos, fue casi su primer tema de conversación con servidora y no pasa un día en el que Mía tenga un poco de protagonismo.
Los dos tienen una relación estrecha y peculiar,por una parte hay días en los que se ignoran mutuamente con cariño e indiferencia y otros,en lo que comparten el sofá de la forma mas amigable, él siempre ha sido un gran apoyo para Mía en su papel de acróbata y Mía siempre ha sido muy paciente con  él instruyéndolo en el arte hacer faenas o desesperar a su compañera de piso....Pero dicen que el roce hace el cariño así que siempre terminan los 3 tan amigables  viendo alguna película de los años 20 en las posturas mas inesperadas y, aunque dos son compañía y 3 multitud esa es ya otra historia.

martes, 1 de octubre de 2013

EL CINE Y YO

No sé si alguna vez dije que soy cinéfila, que el Séptimo Arte me acompaña a lo largo de mi vida, que a veces me ayuda a soñar, otras me abre una ventana para que consiga evadirme cuando no me siento bien, en ocasiones me ofrece una respuesta cuando mi cabeza sostiene una pregunta retórica, el cine puede hacerme reír, imaginar, perdonar, llorar…
Cuando era pequeña veía películas y películas en versión original, a mí no me importaba que estuviesen en blanco y negro, o que hablasen en inglés/francés/alemán si estaban subtituladas. Cuando era una niña comencé a ser adicta al cine, y he de reconocer que el cine me ha salvado de momentos oscuros.


Y en todos estos años, no he parado de devorar películas, españolas, japonesas, irlandesas, británicas, francesas, sudamericanas, indias, rusas… Todas son válidas para mí. Mis preferidas son aquellas que se alejan bastante del efecto taquilla, me gustan las intimistas, las indies o de autor, aquellas que profundizan en las emociones humanas, aquellas que sacan a la luz nuestras sombras y deseos más complejos, que nos hacen descubrirnos un poco a nosotros mismo, nos enseñan tolerancia, otras culturas… gracias al cine te das cuenta de que la vida es corta pero ancha, caben muchas cosas.

jueves, 19 de septiembre de 2013