Caminatas, impresiones, el menú del día,la dirección de un lugar, una postal de un amigo, cualquier cosa. Pensaba que no había forma de concebir un viaje sin unas cuantas palabras por escrito, como si escribir fuera una forma de no decir adiós. Viajar no sólo es ausentarse, es dejar prueba de dicha ausencia, del cambio que sufres cuando te vas a otro lugar.
https://www.youtube.com/watch?v=i2vvAck6z5c
domingo, 27 de julio de 2014
miércoles, 23 de julio de 2014
DONDE EMPIEZA EL INFINITO
Escribo sentada en el puerto mientras mi helado se derrite.Las gaviotas sobrevuelan la orilla.El sol se resiste a abandonar el cielo.La soledad es una libreta llena de garabatos y el mar baila contra las rocas cuando nadie lo mira.
Volver a casa con el mar en la piel y restos de sueños en los ojos.Caminar despacio y pararme a hablar con algún gato, y contarle que algunos días olvido de que color es el cielo y por eso tengo que ver el mar, para ver en que punto exacto se corta el cielo y el mar. Ese azul extraño, intenso, que me llena de vida. El gato me sonríe( porque sí, hay gatos que sonríen), asimila y mueve la cola.Entiende todo lo que pasa por mis ojos.
A veces necesito llenar mi moleskine de vida, con atardeceres de colores de días especiales.Días que se marcan a fuego en el calendario y en el corazón.
Necesito tumbarme en la hierba y ver pasar la vida por encima de mi mirada silenciosa.Perderme en la lectura de algún libro interesante que me enseñe que podemos aprender a nadar solamente con cuatro cubos de agua.El olor a pura vida cuando te zambulles en el mar y una ola te atrapa.
Gastar la soledad hasta encontrarme contigo sonriendo.Al otro lado del puerto.Me dices que llevas 2 horas mirando como escribo, perdiendo la vista en el helado que se derrite, y que no queda nada más que un batido de letras, gatos, azul cielo y una mirada que no quiere apagarse nunca, que te dice: Quédate conmigo, y atrévete a memorizar donde se cortan el cielo y el mar, allí donde empieza el infinito. A mí lado.
https://www.youtube.com/watch?v=nV50lmpVk1E
Volver a casa con el mar en la piel y restos de sueños en los ojos.Caminar despacio y pararme a hablar con algún gato, y contarle que algunos días olvido de que color es el cielo y por eso tengo que ver el mar, para ver en que punto exacto se corta el cielo y el mar. Ese azul extraño, intenso, que me llena de vida. El gato me sonríe( porque sí, hay gatos que sonríen), asimila y mueve la cola.Entiende todo lo que pasa por mis ojos.
A veces necesito llenar mi moleskine de vida, con atardeceres de colores de días especiales.Días que se marcan a fuego en el calendario y en el corazón.
Necesito tumbarme en la hierba y ver pasar la vida por encima de mi mirada silenciosa.Perderme en la lectura de algún libro interesante que me enseñe que podemos aprender a nadar solamente con cuatro cubos de agua.El olor a pura vida cuando te zambulles en el mar y una ola te atrapa.
Gastar la soledad hasta encontrarme contigo sonriendo.Al otro lado del puerto.Me dices que llevas 2 horas mirando como escribo, perdiendo la vista en el helado que se derrite, y que no queda nada más que un batido de letras, gatos, azul cielo y una mirada que no quiere apagarse nunca, que te dice: Quédate conmigo, y atrévete a memorizar donde se cortan el cielo y el mar, allí donde empieza el infinito. A mí lado.
https://www.youtube.com/watch?v=nV50lmpVk1E
miércoles, 16 de julio de 2014
LOS COLORES DEL MAR
Azul cobalto, de ultramar, azul de Prusia, de Alejandría...
La historia del azul es apasionante, ¿sabíais que no es un color fácil de
encontrar en los pigmentos naturales? ¿Y sabrías decirme cuál es el color del
mar? Hace unos días he sentido su fuerza, su sonido, su olor en cada célula de
mi piel, siempre que vuelvo a él, los primeros instantes me deja sin aliento y, como dice Iván, soy como una niña con zapatos nuevos porque una de las cosas que me llenan de
felicidad en esta vida es el mar, sin condiciones.
Esta visita me ha
descubierto playas luminosas, donde los niños juegan en el agua mientras la luz
resbala por sus cuerpos, los rayos de sol reverberan en las olas arrancando al
mar, miles de destellos. Barcos de pescadores regresando a la costa,
atardeceres en una cala escondida, el mar embravecido en San Sebastián... Las olas,
la luz, los colores del mar captados en toda su variedad y movimiento a través de
mí mirada; días lluviosos y soleados, puestas de sol y amaneceres, los matices de
la luz de la costa del norte. Un espectáculo visual que te enreda, llegando a
sentir el olor del mar, la sal en la piel, el sol cegándote los ojos, los
gritos de los niños jugando en la playa, el sonido del viento y de las olas en
los oídos... Y además con esa sensación increíble cuando eres la única persona
en la playa y el deseo de capturar ese momento a través de la retina.. y de mí cámara.
La vuelta ha sido muy frenética y aún no he podido ver el
resultado de esas fotos, pero a veces el resultado no es lo más importante sino
conseguir agarrarte a las sensaciones, porque son las sensaciones las que siempre permanecen.
PD: Gracias Rey moro por acompañarme en este viaje…y a ti
Ana por regalarme tu playa y un trocito de tu tierra.
lunes, 7 de julio de 2014
LA CHICA QUE CONTABA LUNARES COMO SI FUERAN ESTRELLAS
¿Sabes una cosa?tengo lunares nuevos.Muchos.Habrá sido el sol de este recién estrenado verano o mi piel que se hace mayor.Tengo muchos lunares nuevos a los que tienes que ponerles nombre, y dejarles besos y contarlos mientras yo me aguanto las cosquillas que me hacen tus dedos por mi brazo, espalda....
El resto siguen ahí, donde los dejaste, echándote de menos y preguntándose cuándo volverá la chica que los unía formando constelaciones, que los contaba como si fueran estrellas.
https://www.youtube.com/watch?v=QTLPAPCdgP4
El resto siguen ahí, donde los dejaste, echándote de menos y preguntándose cuándo volverá la chica que los unía formando constelaciones, que los contaba como si fueran estrellas.
https://www.youtube.com/watch?v=QTLPAPCdgP4
miércoles, 2 de julio de 2014
LA VIDA ESTA PARA SENTIRLA
¿Alguna vez habéis escuchado una canción que os ha provocado una
sensación indescriptible?. Hoy me ha pasado a mí. Y me he puesto a escribir con
la música de fondo y cuando he querido darme cuenta había rellenado muchas más líneas
de las que esperaba. Voy a dejar la música. Si queréis ponerla de fondo
mientras leéis la entrada tal vez podáis sentir lo que yo he sentido. Tal
vez...
Por cierto, el video lo he buscado después de escribirlo todo. Por un momento prometo que me he quedado helada al ver el principio del vídeo...si leéis y lo veis tal vez entendáis el por qué.
Por cierto, el video lo he buscado después de escribirlo todo. Por un momento prometo que me he quedado helada al ver el principio del vídeo...si leéis y lo veis tal vez entendáis el por qué.
La vida no era fácil. Y ella
se limitaba a sentarse en el alféizar de su ventana mientras la gente,
apresurada, abarrotaba las calles. Tan gélidas, tan llenas y tan vacías de esa
vida que hacía tanto ruido a su alrededor y que ella no parecía vivir. Las
luces cegadoras, las estrellas fugaces. Y después ese círculo amarillo en sus
retinas al cerrar los ojos.
La vida nunca fue un paseo, no es algo a lo viene a divertirse. La vida es un campo de batalla. Una lucha diaria, constante. Y que probablemente termine venciéndonos mientras nos limitamos a desaparecer de la faz de la tierra. Y sí, nos recordarán las siguientes generaciones. Nuestros hijos, nuestros nietos. Tal vez nuestros bisnietos sepan cómo nos llamábamos. Y puede que esas palabras perdidas, esas fotos olvidadas, esos actos, logros que tanto nos ha costado conseguir, se pierdan en el recuerdo de lo que fuimos una vez y nunca más seremos.
La existencia es fugaz, efímera. Venir para irse. Despertarnos cada día sabiendo que será un día menos de nuestra vida. Horas que no volverán, minutos, segundos que se pierden. Que se gastan como se gastan los neumáticos de un coche en la carretera en verano. Y mientras ella llora, le asaltan un sinfín de sentimientos. Recuerdos que nunca se han vivido. Ideas, imágenes que tal vez habría deseado convertir en realidad. Todas bajo la luz del atardecer de Julio. Esa luz que solía disfrutar con sus amigas, sentada en el bordillo de cualquier piscina. Ahora le parece que eso sucedió hace siglos y que aquellos fueron los mejores días que vivió. Echaba de menos esos días de sol y de risa. De pensar que eran lo más importante. El ombligo, la esencia de la vida. Que eran las que cambiarían el mundo y que todo se rendiría a sus pies.
Hacerse mayor era simplemente continuar subidos en ese coche al que poco a poco íbamos desgastando las ruedas. Sobre el asfalto ardiente de esas mismas tardes de verano. Llevando el pelo suelto, una canción a todo volumen, gritando mientras sonaba en la radio. Llevando unas gafas de sol, una camisa ancha y una bolsa con lo justo y necesario para no volver en un par de días. Gritando esa letra con sus amigas de toda la vida, sentir que las unía algo más allá de ese momento. Ese momento que ella deseaba capturar para siempre. Abriendo los brazos y notando como el aire levantaba su camisa, su pelo y su sonrisa. Y en ese momento no pudo sentir más felicidad porque no creía que hubiese otro momento que equiparase esa sensación de plenitud. De libertad.
Parar el coche en cualquier recoveco de una carretera, al filo de una montaña. Y ver como se pone el sol mientras bebía las últimas gotas de una botella de cerveza. Y nota como sus hombros chocan con los de esas personas que la han visto crecer a su lado. Que han compartido con ella aventuras y secretos. Que han llorado y reído en cada momento. Las mira y mira como el sol se esconde tras la montaña. Y es capaz de sentir como la vida puede respirarse. Como puede tocarse. Como en ese preciso instante en el que empieza a notarse la brisa de las noches de verano pararía el tiempo. Y no se haría mayor. Quedarse ahí, congelar ese instante de felicidad sabiendo que no hay que volver a sufrir, ni a llorar.
El sol termina por esconderse. Esa es la mejor hora de las tardes de verano. Esa luz, esa paz. Siempre le encantó esa luz y lo que le hacía sentir. Querría parar el tiempo en ese instante y no volver. Quedarse allí para siempre. Y no pensar en que un día no sería recordada por nadie. No pensar en que la vida se encargaría de borrar sus huellas. En aquel instante ella sentía que su huella era imborrable. Sentía la vida fluir en sus venas. En aquel alféizar de aquella ventana, de aquella casa en aquella abarrotada ciudad donde ella sonreía.
La vida nunca fue un paseo, no es algo a lo viene a divertirse. La vida es un campo de batalla. Una lucha diaria, constante. Y que probablemente termine venciéndonos mientras nos limitamos a desaparecer de la faz de la tierra. Y sí, nos recordarán las siguientes generaciones. Nuestros hijos, nuestros nietos. Tal vez nuestros bisnietos sepan cómo nos llamábamos. Y puede que esas palabras perdidas, esas fotos olvidadas, esos actos, logros que tanto nos ha costado conseguir, se pierdan en el recuerdo de lo que fuimos una vez y nunca más seremos.
La existencia es fugaz, efímera. Venir para irse. Despertarnos cada día sabiendo que será un día menos de nuestra vida. Horas que no volverán, minutos, segundos que se pierden. Que se gastan como se gastan los neumáticos de un coche en la carretera en verano. Y mientras ella llora, le asaltan un sinfín de sentimientos. Recuerdos que nunca se han vivido. Ideas, imágenes que tal vez habría deseado convertir en realidad. Todas bajo la luz del atardecer de Julio. Esa luz que solía disfrutar con sus amigas, sentada en el bordillo de cualquier piscina. Ahora le parece que eso sucedió hace siglos y que aquellos fueron los mejores días que vivió. Echaba de menos esos días de sol y de risa. De pensar que eran lo más importante. El ombligo, la esencia de la vida. Que eran las que cambiarían el mundo y que todo se rendiría a sus pies.
Hacerse mayor era simplemente continuar subidos en ese coche al que poco a poco íbamos desgastando las ruedas. Sobre el asfalto ardiente de esas mismas tardes de verano. Llevando el pelo suelto, una canción a todo volumen, gritando mientras sonaba en la radio. Llevando unas gafas de sol, una camisa ancha y una bolsa con lo justo y necesario para no volver en un par de días. Gritando esa letra con sus amigas de toda la vida, sentir que las unía algo más allá de ese momento. Ese momento que ella deseaba capturar para siempre. Abriendo los brazos y notando como el aire levantaba su camisa, su pelo y su sonrisa. Y en ese momento no pudo sentir más felicidad porque no creía que hubiese otro momento que equiparase esa sensación de plenitud. De libertad.
Parar el coche en cualquier recoveco de una carretera, al filo de una montaña. Y ver como se pone el sol mientras bebía las últimas gotas de una botella de cerveza. Y nota como sus hombros chocan con los de esas personas que la han visto crecer a su lado. Que han compartido con ella aventuras y secretos. Que han llorado y reído en cada momento. Las mira y mira como el sol se esconde tras la montaña. Y es capaz de sentir como la vida puede respirarse. Como puede tocarse. Como en ese preciso instante en el que empieza a notarse la brisa de las noches de verano pararía el tiempo. Y no se haría mayor. Quedarse ahí, congelar ese instante de felicidad sabiendo que no hay que volver a sufrir, ni a llorar.
El sol termina por esconderse. Esa es la mejor hora de las tardes de verano. Esa luz, esa paz. Siempre le encantó esa luz y lo que le hacía sentir. Querría parar el tiempo en ese instante y no volver. Quedarse allí para siempre. Y no pensar en que un día no sería recordada por nadie. No pensar en que la vida se encargaría de borrar sus huellas. En aquel instante ella sentía que su huella era imborrable. Sentía la vida fluir en sus venas. En aquel alféizar de aquella ventana, de aquella casa en aquella abarrotada ciudad donde ella sonreía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



