jueves, 28 de agosto de 2014

ILUMINADA (O ALGO ASÍ)

Echar de menos es muchas cosas a la vez; es ir a comprar muy temprano; es abrir el armario y escoger la ropa; es subirse en el autobús y esperar a que llegue tu parada; es renunciar a un helado de vainilla; es pintarse las uñas alternando dos colores. "Nada es eterno, dicen que hasta la belleza cansa," acabo de leer en un libro.
Me gusta mucho esta hora, la del camión de la basura, cuando nadie hace planes. Los planes no deberían existir ni las horas acordadas, deberíamos encontrarnos de forma casual. Salir de casa, con el bolso al hombro, bajar la calle y encontrarnos. Reconocernos, porque nos conocimos antes, y lo olvidamos haciendo otras cosas; escogiendo la ropa del armario, estudiando una carrera en la universidad, subiendo al autobús, yendo a comprar temprano, poniendo una frontera de por medio.
Hace un año por estas fechas más o menos escribí: “ahora que intento huir de todo lo que empezó hace un tiempo y vivo todas las vidas que siempre quise, perdiéndome entre la gente y siendo una desconocida más. Ahora que nada llega al fondo de todas las cosas y soy una cáscara vacía que sonríe cuando ya no queda nada por lo que luchar. Que intento buscar el mar sin éxito cuando estoy rodeada de mar. Que llevo conmigo libros que hablan de barcos y vaivenes y como hacer los sueños realidad.
Ahora que no encuentro el silencio y, las lágrimas son del mismo color que un río y me pierdo en los espejos de los museos. Y subo hasta el último piso y admiro las vistas de una de las ciudades más bellas y tristes del mundo. Escribo en mi cuaderno todas las veces que reí a lo largo del día y el lugar.11.22 en el tren. 12.48 Cabo da Roca, donde la tierra acaba y la mar empieza. 16.25 playa de Cascais porque de repente siento que con la brisa del mar todo es más fácil.”

Hoy no me siento especialmente alegre, pero a diferencia de otras veces, no me preocupa. Tampoco me siento triste. A veces siento soledad, como en una playa vacía. Es una soledad necesaria. De desintoxicación…o quién sabe, tal vez este incipiente resfriado me haga una sentimental.

martes, 12 de agosto de 2014

PESE A LA LLUVIA, PESE A LAS LÁGRIMAS

Ella era una chica del montón. De las que no llaman la atención ni pasan desapercibidas. Ni muy alta  ni muy baja, con unos ojos marrones corrientes. Llevaba una vida sin sobresaltos con una familia normal, un perro corriente y estudiaba en la universidad de su ciudad de siempre.
Pero ella no era como los demás. Y lo sabía. Había algo en su interior que no estaba bien, que no encajaba con el resto de las piezas. Algo suelto, fuera de lugar, descolocado. Como cuando mezclas dos puzles y ya no sabes a cuál de ellos corresponde cada pieza, y quedan huecos sin completar en el tablero.
Notaba que algo no iba bien porque no era capaz de sentir nada. No sentía alegría, ni amor, ni siquiera experimentaba alguna emoción. Sólo lloraba. Lloraba mares de lágrimas saladas que se escurrían por sus mejillas y empapaban sus vaqueros al caer. Y últimamente era lo único que ella hacía, lo único que la hacía sentir verdaderamente humana.
Pasó el tiempo, y empezó a preguntarse qué le ocurría. Por qué no era capaz de sentir nada por nadie, ni tan siquiera odio. Por qué nadie conseguía despertar en ella un simple interés, ni imaginaba finales felices en su cabeza.
¿Qué le había ocurrido?
Pasaron los meses y ella sólo lloraba. Ríos, océanos de lágrimas. Sus ojos enrojecidos ya eran un ritual y no le resultaban extraños en su reflejo. Por fin, cansada de esa tristeza y ese vacío decidió visitar un médico.
Le hicieron pruebas, test y cuando fueron a sacarle sangre algo inesperado ocurrió: su sangre era transparente.
Los médicos no sabían a que se debía aquello. Sacaron más muestras de sangre y todas era iguales. Incoloras. Era agua.
Aquello revoluciono a todo el equipo médico, porque era totalmente imposible que alguien sobreviviera con agua salada en su organismo en lugar del torrente sanguíneo. No era posible. No había explicación.
Ella se pasó muchos meses en aquel hospital, como una rara avis científica. Sin parar de llorar y consumiéndose poco a poco. Sus órganos vitales se fueron convirtiendo en agua, inutilizándose con el paso del tiempo.


Una mañana, cuando el sol empezaba a entrar por la ventana, ella no se encontraba en su habitación, la enfermera dio la voz de alarma, la buscaron por todas partes, en cada rincón, al atardecer empezó a caer una fina lluvia sobre la ciudad. Al principio nadie noto nada extraño, pero luego se percataron de que el agua estaba salada…como las lágrimas.  Todo el mundo lleno de perplejidad probaba el sabor de esa lluvia salada e inmediatamente sentía una felicidad indescriptible, como si de repente sus problemas se esfumasen.
Llovió durante dos días, y durante ese tiempo, en aquella pequeña ciudad, sus habitantes se dieron cuenta de que la felicidad no se encuentra sino que se siente y que a veces tiene que ocurrir algo diferente para descubrirlo.

De aquella chica nunca más se supo, pero su tristeza se esfumo mucho antes de evaporarse con la lluvia, pero eso  ya es otra historia.

lunes, 4 de agosto de 2014

LA CHICA QUE ESCRIBE

Yo, que siempre he sido más de sobrevivir que de vivir....

 ...ahora no me hace falta hablar, me oigo perfectamente en off dentro de mi cabeza. Pensando, planeando, mandándome callar para disfrutar de ese efímero instante de paz en el que siento cómo me late el corazón en los oídos y el movimiento casi imperceptible de mis músculos manteniendo mi postura. El cosquilleo de las yemas de mis dedos y el sutil escozor de mis labios por haber vuelto a mojarlos instintivamente a pesar de saber que el sol los va a quemar con más rapidez. Pero no me importa; eso les da un tono rojizo bastante apetecible.
- ojalá te apetecieran – 




Y es en ese instante, cuando ese pensamiento me cruza la mente sin dolor y sin arrepentimiento alguno, es cuando entiendo que no sólo se me han curado las heridas, sino que he aprendido a defenderme tan bien que me da hasta un poco de miedo enfrentarme a mí misma. Sonrío y me tiran un poco los labios cortados por el verano, pero hasta ese dolor es extrañamente reconfortante, porque lo hago por mí. Y pienso que puede que no sea la mejor persona del mundo, pero que ya no tengo miedo.

He dejado de vivir arrepintiéndome por el pasado y preocupándome por el futuro, que lo único que me daba era un presente de noches en blanco y días de gelatina bajo mis pies. He cambiado, lo noto cuando respiro y se me llenan los pulmones de ganas de hacer cosas absurdas; ganas de no dejar verdades a medias, de salir a la calle en mitad del fin del mundo y dejar que la lluvia me moje el pelo, y de beberme esa cerveza que sé de sobra que no debería beberme; pero lo hago. Ya no soy la chica de las mil corazas, ni la chica que tenía miedo de besar en la calle, ni la chica del corazón roto, ni la chica de hielo. No soy la chica que decía ser tímida, ni la que decía ser insegura, ni la que no se atrevía a hablar las cosas importantes. He dejado de tener miedo porque ya sé cómo es perder. Sé cómo es vivir con el corazón y el cuerpo rotos en tantos pedazos como era posible romperlos. Sé lo que es derrumbarse, recoger los escombros y plantarse en mitad de la nada con la posibilidad de reconstruirse de cero. Ahora me arriesgo y no es porque no tenga nada que perder; Me arriesgo porque sé que sea lo que sea lo que pierda, no me va a destruir.

Y estando ahí sentada dejando que el sol se cuele por las rendijas de mis costillas y escuchando mi respiración, entiendo que de entre todas las cosas que puedo ser, al final no soy más que la chica que escribe.