Apunto en papel, escribo a
bolígrafo, y pego con fuerza en la pared de color blanco, a la mesa del
escritorio, la mesilla, e incluso la puerta de mi habitación. Pego
constantemente el hacer y deshacer de cada día, los mensajes que no llegan, algo
por comprar y que nunca compré. Despego lo hecho y mantengo lo deshecho. Desde
que enumero mi vida como una lista de la compra he dejado de ser tan caótica,
algo más de organizada.
Mis post-it también se
quitan y se ponen. E incluso se caen al suelo. Ahora mismo, sin ir más lejos,
alzo la vista y tengo; una dirección con remitente en Frankfurt, un folklore
con letras rojas mayúsculas y un número de teléfono que no sé muy bien que hace
ahí o de quién es.
Me recuerdo que recuerde
casi todo, y todo a veces es nada, y otras es demasiado. Pero hasta lo más
sencillo se me acaba pasando, y los apuntes rotatorios, rotan, saltan y vuelan
de un bolsillo a otro, de un vestido a un pantalón. Es gracioso, o curioso, o
al menos a mí me hace gracia, sentarme a tomar algo, notar un barullo de
papeles en el bolsillo y descubrir entre uno de ellos "escríbele o pensará
que no la quieres". Parece una visión a lo memento, ajustada con una voz
en off que se calca en forma de letra ilegible.
Me consuela saber que me
tengo a mí, y a mi quisquillosa manía para poner un poco de orden en mí día a
día.
Y es que yo me quiero por dentro y por fuera.
Me quiero a pesar de haberme traicionado, de
no contar conmigo la mitad de las veces. A pesar de mi propio distanciamiento y
pasar un poco de mi propio culo.
Me quiero y me convenzo de que todo está
perfecto, y me sonrío por las mañanas ante el espejo. Sí, a pesar de todo, lo
cierto es que me quiero.
Me quiero aunque nunca regale flores. Me
quiero a pesar de esa manía imperiosa de soltar tonterías y ocurrencias cuando
estoy nerviosa, si no me he desquiciado a pesar de eso, no creo que una
tempestad me dé la vuelta.
Me quiero con vestido, con falta y con leggins.
Sí, con pantalón corto y con pijamas los domingos. Me quiero mucho los
domingos, con mis brotes de autismo, con mis torturas de lenguaje, y mis
torpezas de diálogo. Me quiero con mi orgullo, con mis manos y pies pequeños,
con mi cuerpo diminuto. Demasiado amor me regalo cuando me cuento mis propias
historias, cuando escribo algo que no quería escribir, cuando cumplo algo que he
dicho.
Me quiero bien cuando me sabe mal. Me quiero
lejos pero me siento cerca, y a pesar de ser malsonante, me quiero por mi amabilidad.
Por mis estrechos recovecos. Por entretenerme cuando me aburro. Por eso, por
todo y más; me quiero, a mí y a mis mil batiburrillos de palabrerío, cuando las
cosas se ponen tensas y algo se tuerce a turbio. Con retraimientos,
retorcimientos y espachurramientos ajenos sin sentido.
Me quiero casi todos los días del año.
Especialmente los de entretiempo con fular en cuello. Aquellos que me compro y estreno
al instante. Me quiero cuando me confundo, mientras me caigo, y sobre todo, me
adoro y me quiero cuando me hostigo por una decepción.
Sí, me quiero, porque de no ser así, mal
empezamos.