Yo, que siempre he sido más de sobrevivir que de
vivir....
...ahora no me hace falta hablar, me oigo perfectamente
en off dentro de mi cabeza. Pensando, planeando, mandándome callar para
disfrutar de ese efímero instante de paz en el que siento cómo me late el
corazón en los oídos y el movimiento casi imperceptible de mis músculos
manteniendo mi postura. El cosquilleo de las yemas de mis dedos y el sutil
escozor de mis labios por haber vuelto a mojarlos instintivamente a pesar de
saber que el sol los va a quemar con más rapidez. Pero no me importa; eso les da
un tono rojizo bastante apetecible.
- ojalá te
apetecieran –
Y es en ese instante, cuando
ese pensamiento me cruza la mente sin dolor y sin arrepentimiento alguno, es
cuando entiendo que no sólo se me han curado las heridas, sino que he aprendido
a defenderme tan bien que me da hasta un poco de miedo enfrentarme a mí misma.
Sonrío y me tiran un poco los labios cortados por el verano, pero hasta ese
dolor es extrañamente reconfortante, porque lo hago por mí. Y pienso que puede
que no sea la mejor persona del mundo, pero que ya no tengo miedo.
He dejado de vivir arrepintiéndome por el pasado y preocupándome por el futuro, que lo único que me daba era un presente de noches en blanco y días de gelatina bajo mis pies. He cambiado, lo noto cuando respiro y se me llenan los pulmones de ganas de hacer cosas absurdas; ganas de no dejar verdades a medias, de salir a la calle en mitad del fin del mundo y dejar que la lluvia me moje el pelo, y de beberme esa cerveza que sé de sobra que no debería beberme; pero lo hago. Ya no soy la chica de las mil corazas, ni la chica que tenía miedo de besar en la calle, ni la chica del corazón roto, ni la chica de hielo. No soy la chica que decía ser tímida, ni la que decía ser insegura, ni la que no se atrevía a hablar las cosas importantes. He dejado de tener miedo porque ya sé cómo es perder. Sé cómo es vivir con el corazón y el cuerpo rotos en tantos pedazos como era posible romperlos. Sé lo que es derrumbarse, recoger los escombros y plantarse en mitad de la nada con la posibilidad de reconstruirse de cero. Ahora me arriesgo y no es porque no tenga nada que perder; Me arriesgo porque sé que sea lo que sea lo que pierda, no me va a destruir.
Y estando ahí sentada dejando que el sol se cuele por las rendijas de mis costillas y escuchando mi respiración, entiendo que de entre todas las cosas que puedo ser, al final no soy más que la chica que escribe.
He dejado de vivir arrepintiéndome por el pasado y preocupándome por el futuro, que lo único que me daba era un presente de noches en blanco y días de gelatina bajo mis pies. He cambiado, lo noto cuando respiro y se me llenan los pulmones de ganas de hacer cosas absurdas; ganas de no dejar verdades a medias, de salir a la calle en mitad del fin del mundo y dejar que la lluvia me moje el pelo, y de beberme esa cerveza que sé de sobra que no debería beberme; pero lo hago. Ya no soy la chica de las mil corazas, ni la chica que tenía miedo de besar en la calle, ni la chica del corazón roto, ni la chica de hielo. No soy la chica que decía ser tímida, ni la que decía ser insegura, ni la que no se atrevía a hablar las cosas importantes. He dejado de tener miedo porque ya sé cómo es perder. Sé cómo es vivir con el corazón y el cuerpo rotos en tantos pedazos como era posible romperlos. Sé lo que es derrumbarse, recoger los escombros y plantarse en mitad de la nada con la posibilidad de reconstruirse de cero. Ahora me arriesgo y no es porque no tenga nada que perder; Me arriesgo porque sé que sea lo que sea lo que pierda, no me va a destruir.
Y estando ahí sentada dejando que el sol se cuele por las rendijas de mis costillas y escuchando mi respiración, entiendo que de entre todas las cosas que puedo ser, al final no soy más que la chica que escribe.
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