Sabría describir con
total exactitud, el sentimiento que viene antes de un romper a llorar en dos.
Lo podría palpar de la misma manera que enciendo la luz de mi cuarto en plena
oscuridad. Sin dudas, sin titubeos. Directa y decidida de algo que sabes a pies
juntillas. Y no, yo no soy de las que lloran por todo y más.
Podría contar con los
dedos de una mano el número de veces que he llorado por algo que explota dentro
de mí. Los mismos dedos que guardo con fotografías impresas de esas personas
que me partirían en dos el día que decidieran no estar aquí. Vivir tan lejos y
sentirnos tan cerca. Como los recuerdos que pisas pasado un tiempo y parece que
siguen ahí, manchando las baldosas, pegados a tus zapatillas, enmudeciendo tu
piel por un segundo…mojando tus ojos sin saber muy bien porqué.
Sí, creo que no hay
peor sensación que saber que estás a punto de romper a llorar, sobre todo
cuando una no es fiel asidua a ello. Como llevar zapatos nuevos que te rozan el
talón. Nunca terminas de acostumbrarte. Nunca paras de decirte un “no”
resonante en el preciso instante antes de desplomar tus sentidos.
En mis mejillas suena
a un antes de despedida. Como saber que algo no va a pasar y querer que ocurra.
No me gustaría tener que volver a despedirme de nadie nunca más. Porque…sencillamente
mi contador llorica está empezando a marcarse demasiado los últimos meses, y me siento tan estúpida...supongo
que es porque odio que me vean llorar, con los sentimientos a flor de piel y
totalmente vulnerable, por eso cuando llega el momento huyo. Porque prefiero
sonreírte mil veces en directo y que me escuches carcajearme en silencio, con un abrazo. De los que llenan
una sala de cine. De esos besos en la frente que saben a un te echo de menos.Y
porque decir hasta luego suena mejor que un adiós.

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