Las cartas son un
vínculo que compartes con alguien más. Hay cartas y cartas. Muchas las escribes
y no las llegas a enviar, no sabes bien porqué. Siempre he creído que cuando
escribes algo, por muy personal que sea, en el fondo, sientes la necesidad
innata de que ese algo es para alguien. Que, aunque reprimas entre vergüenzas y
sentimiento de lo que para uno es propio, quieres que sea leído.
A veces, bueno,
demasiadas veces, se escribe aquellas cosas que un día no supiste decir. Todo
lo que se te pasa por la cabeza en forma de imágenes y escenas perfectas donde
te acompaña el don de la palabra. Pero simplemente son sueños que no puedes
recrear en la realidad, y nos hace abstraernos.
Una dirección y un
remite. Un sello, unas cuantas cosas, y una letra curvada hacia la derecha, con
las líneas torcidas hacia arriba, porque escribir es imaginar, e imaginar es
poner una cara a ese sueño.
Con los cambios de lugar,
y antes de meterme en las nuevas tecnologías, me pasé años y años escribiendo
cartas a mis amigos. Era un vínculo mucho más cercano que recibir un toque o un
sms al móvil. Más cercano que una llamada y más distante que pasar una tarde en
un césped, pero me estimulaba.
Ha pasado bastante
tiempo y aun sigo escribiendo alguna carta de vez en cuando. Releo las antiguas
y me doy cuenta de que las cosas cambian, lo que se escribe, lo que no se
escribe, lo que se quiere decir y lo que al final no se dice. Te reprochas por
mandar una carta que no tuviste que mandar, y esperas algún día mandar otra.
Y a ti, si te escribiera una carta te diría que hoy ha
nevado aquí y no fue lo mismo sin ti, me doy cuenta de que el frío que siento
no se debe al clima.

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