...hacía frio, pero a mí me daba igual. No era ni verano, ni tampoco
primavera. Las estaciones se habían aliado de tal manera, que el sol tras los
cristales me calmaba. Sin embargo al tocar la ventana con la yema de mis dedos,
podía sentir que el invierno se acercaba. Lentamente. Los viajes en autobús
suelen ser cálidos y calmados. Hallo una perfecta sintonía entre el asiento y
el cristal. Me recuesto y enseguida encuentro el sueño. Aquel día, no pude
dormir. Entre otras cosas tuve que lidiar con una pasajera algo habladora. En
su intento de halagarme, me dijo que parecía que tenía 15años, como el amor de
juventud. Continuó explicándome que me parecía a la ex novia de su hijo,
Cristina, una chica habladora y algo artista. Me sorprenden las comparaciones,
son tan subjetivas como sorprendentes. Y aunque a veces suenan disparatadas,
siempre hay un punto de conexión que no sabes bien si lo has buscado adrede, o
es que realmente existe como tal. Al llegar a la estación sentí una especie de
alivio, aunque aun me quedaba por explicarle las dichosas líneas de metro que
nunca me aprendo. Un lío de colores en torno a paradas de Madrid. Me preguntó
mil veces, se lo repetí, y aún así, la acompañé. Soy tan así que a veces no sé
muy bien como desentenderme. Corrí con la maleta. Tenía razón, hacía frío. Pero
más bien era una sensación. Me encaminé, me miraba los pies, y en una sala
rodeada de gente, vi mil caras pasar. Una tras otra. No reconocía ninguna. Y me
sentía demasiado pequeña. Me apartaba, me giraba. Me coloqué en un rincón.
Volví al pasillo, retrocedí. Pensé que quizás, por una vez en mi vida, había
llegado antes de tiempo. Esperé, y entre titubeos saqué el móvil. Lo miro, lo
cojo, lo guardo y lo vuelvo a mirar. Me llega un mensaje,” Ya te veo... “ Y ese día hacía frío, pero a mí me daba
igual.
http://www.youtube.com/watch?v=FcVodHiCp_c

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