Estamos hechos de rutina, nos perdemos en el café de la mañana, nos
miramos temerosos en el espejo aún dormidos, esperando algo del día
que acaba de comenzar. Compramos pan, café, y nos sentamos a comer
solos o acompañados, qué más da. Estamos solos. Navegamos entre
los días soñando con una playa de postal…. Por la mañana nos
saluda con euforia la camarera de siempre, con un gesto de
resignación, mientras nosotros buscamos ese momento de lucidez, de
felicidad espontánea que nos dan algunas palabras o la lluvia cuando
nos sorprende y está fría y las gotas resbalan por nuestra frente
llenándonos de vida. Soñamos con que alguien nos diga: Quédate,
pero sólo nos llegan noticias de huidas y los aviones sobrevuelan
los tejados.
El verano ya casi
ha trascurrido, y parece que estamos llenos de rabia. Odiamos el
tiempo que nos va matando lentamente, las noches en las que nadie nos
abraza, la taza de café enfriándose, el primer autobús del día.
Las veces que luchamos por algo hasta arañarnos por dentro. Y no
conseguir nada a cambio. Las personas que en vez de contagiarnos con
su luz, van apagando la tuya. Los amaneceres que no son de nadie, y
sentirte perdida entre desconocidos.
Sigo soñando con
esa huida, con el último atisbo de esperanza, perdiendo la vista en
el cielo cada vez que pasa un avión. Porque la vida no es esto, la
vida debería ser amarnos cada mañana, beber el café de nuestros
labios, abrazarnos en el primer autobús del día, encontrarnos cada
noche y bailar por el pasillo, soñar cada noche como si fuera la
primera vez.
No pienso dejarte
ir. Me niego a olvidar que un día apareciste dándole la vuelta a mí
mundo y desde entonces nos movemos por las calles de esta realidad
gris.
Huye conmigo, te
espero donde siempre. Ya sabes el destino, ya sabes los motivos.

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