domingo, 1 de mayo de 2016

EL HECHO DE VIVIR DEJA SECUELAS

Todos los gatos están tristes y maúllan desolados al atardecer. Todas las palabras que nunca escuchamos se cuelan en los ojos tristes de los violinistas callejeros, que lloran, lloran y tocan melodías tristes que entristecen  a los gatos. Las personas caminan por la calle con un destino, abrazar a alguien, poner la mesa al llegar a casa, leer algún libro y nadie escucha al violinista, las librerías están llenas de gente triste. El cine vuelve a proyectar esa película francesa que tanto  disfruté, el cine francés es increíble. No recuerdo si algún día te hablé de La chica del puente, pero me habría encantado que la vieras, en ella, Adele, la protagonista, estaba desolada y buscaba algo que la salvara del tedio de la vida en aquel Paris en blanco y negro. Todas las películas en blanco y negro tienen algo de nostalgia. Esa que sienten las señoras cuando se sientan en los parques a ver a los niños, la que les embarga de pies a cabeza cuando suena la canción del primer amor, del primer baile que termino en un beso interminable, las que me matan cada vez que escucho (aun ) esa playlist que creamos juntas. Sigo siendo la dramática que  busca algo al fondo de la calle, al despertar, en este lugar en el que no hay flores, ni gatos maullando al atardecer.





Ya no voy a escribir más sobre amor o sobre el tiempo, sólo voy a colocar flores en un jarrón cada mañana, voy a penar mi melena lentamente, leer poesía, escuchar Beirut, voy a dejar que la primavera se cuele en mí corazón. Puede que no sonría todas las mañanas, quizá las lagrimas vengan al atardecer al escuchar al violinista, puede que no haya nada en el fondo de la calle, que más da. Tendré libros, flores, sueños y ganas, muchas ganas, de volver a ser la que se emocionaba con cada canción y se dedicaba  a bailar por el pasillo  cada mañana.

No dejaré que nada ni nadie se lleve la magia.

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