Todos los gatos están tristes y maúllan desolados al
atardecer. Todas las palabras que nunca escuchamos se cuelan en los ojos
tristes de los violinistas callejeros, que lloran, lloran y tocan melodías tristes
que entristecen a los gatos. Las personas
caminan por la calle con un destino, abrazar a alguien, poner la mesa al llegar
a casa, leer algún libro y nadie escucha al violinista, las librerías están llenas
de gente triste. El cine vuelve a proyectar esa película francesa que tanto disfruté, el cine francés es increíble. No
recuerdo si algún día te hablé de La chica del puente, pero me habría encantado
que la vieras, en ella, Adele, la protagonista, estaba desolada y buscaba algo
que la salvara del tedio de la vida en aquel Paris en blanco y negro. Todas las
películas en blanco y negro tienen algo de nostalgia. Esa que sienten las
señoras cuando se sientan en los parques a ver a los niños, la que les embarga
de pies a cabeza cuando suena la canción del primer amor, del primer baile que
termino en un beso interminable, las que me matan cada vez que escucho (aun )
esa playlist que creamos juntas. Sigo siendo la dramática que busca algo al fondo de la calle, al despertar,
en este lugar en el que no hay flores, ni gatos maullando al atardecer.
Ya no voy a escribir más sobre amor o sobre el tiempo, sólo voy
a colocar flores en un jarrón cada mañana, voy a penar mi melena lentamente,
leer poesía, escuchar Beirut, voy a dejar que la primavera se cuele en mí corazón.
Puede que no sonría todas las mañanas, quizá las lagrimas vengan al atardecer
al escuchar al violinista, puede que no haya nada en el fondo de la calle, que
más da. Tendré libros, flores, sueños y ganas, muchas ganas, de volver a ser la
que se emocionaba con cada canción y se dedicaba a bailar por el pasillo cada mañana.
No dejaré que nada ni nadie se lleve la magia.

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