Así es, viajamos en este tiempo imperfecto que es la vida.
Nadamos en el mar de asfalto, dejándonos llevar por los semáforos, hasta llegar
a casa y encontrar la misma soledad. El mismo silencio que llena todos los
pasillos. Es ese silencio de biblioteca, de gasolinera perdida en medio del
desierto. Tenemos hambre de vida. Ansiamos escapar cada vez que vemos un tren
que se va o un avión despegar. Caminamos entre los raíles esperando otro tipo
de viaje. A donde haga falta. El cielo está demasiado lejos y los viajes en
globo son un privilegio del siglo pasado.
Soñamos entre las páginas de un libro con una vida que nunca
tendremos mientras la televisión nos grita que necesitamos un puñado de
pantalones y vestidos para demostrar al mundo quienes somos. Nos echamos
cremas, nos pintamos los ojos para disfrazar la tristeza y salimos a comernos
el mundo. Vivimos de la apariencia y olvidamos que lo mejor es lo de dentro.
Hablamos del tiempo en los ascensores, esperamos la hora de salir del trabajo o
de clase para poder gritar en silencio que somos libres.
Atrapados, siempre, entre las putas horas del reloj, aunque
quedan algunos que se enamoran por la calle y se sientan en el banco de la
plaza a respirar. Otros que corren todos los días hasta el mar para recordar
que estamos vivos por alguna razón. Pero el resto, olvidamos, olvidamos que debemos decir
te quiero de vez en cuando, que la amistad verdadera es una mirada que lo dice
todo, que los libros nos llenan de vida y de vez en cuando tenemos que pararnos
a respirar. Olvidamos el mar, y sus respuestas. Olvidamos a las personas que
tuvimos al lado y nos encerramos en nosotros mismos. Esclavos de los horarios,
del asfalto, de la vida cuando no es vida.
Hoy, me voy a vestir de amor y voy a deshacerme de las
ataduras. Voy a sonreír y disfrutar porque es un día especial, solo por el
hecho de que estas tú.

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