lunes, 17 de noviembre de 2014

HISTORIAS DE LAVANDERÍA

La ciudad poco a poco fue transformándose en un desierto, las personas iban desapareciendo poco a poco y sólo quedaban coches humeantes y semáforos cumpliendo su ritual. No sabía a donde se había ido la gente, tampoco me importaba. Desde la ventana observaba todo lo que estaba sucediendo. Parecía el fin del mundo, y yo asistía todos los días a esa función. Miraba por la ventana y todo el mundo desaparecía.

Algunos días salía a la calle para poder disfrutarlo. Era increíble caminar sin que nadie pudiera verme, escondida del mundo o más bien el mundo escondido de mí. Siempre soñé con tener una lavandería cerca de casa y poder tirar todos los recuerdos en esas lavadoras industriales. Y ahora que la tengo, puedo observar como todo da vueltas para luego desaparecer, esfumarse, los momentos, la vida, las camisetas azules, los calcetines desparejados.



Hay días en los que no entiendo el mundo y no me importa en absoluto. Me pierdo en mis personajes de cuento y logro alcanzar montañas, respirar aire puro en medio de la ciudad, doy la vuelta al cielo y vuelvo con una sonrisa prendida en las manos. Muy a menudo suelo vivir en otros mundos y olvidar el real. En mi mundo cada día a las 10 de la noche todos escapan, y mi vida imaginaria y yo salimos a pasear cogidas de la mano, en ese momento se puede respirar y la gente no corre de un lado a otro por miedo a perderse la vida. Y es entonces cuando que siento que estoy en total armonía conmigo misma, las farolas me sonríen al caminar, y olvido y respiro el olor a hojas secas.

La rutina que me envuelve me recuerda que estoy viva, y el frío aviva mis ganas de vivir el presente y olvidar que el mundo es mundo por un día.

1 comentario:

  1. Genial, tan sencillo y elaborado, sin artilugios pero impresionante. No dejes nunca de regalarnos tus historias.

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