La ciudad poco a poco fue transformándose en un desierto, las
personas iban desapareciendo poco a poco y sólo quedaban coches humeantes y
semáforos cumpliendo su ritual. No sabía a donde se había ido la gente, tampoco
me importaba. Desde la ventana observaba todo lo que estaba sucediendo. Parecía
el fin del mundo, y yo asistía todos los días a esa función. Miraba por la ventana
y todo el mundo desaparecía.
Algunos días salía a la calle para poder disfrutarlo. Era
increíble caminar sin que nadie pudiera verme, escondida del mundo o más bien
el mundo escondido de mí. Siempre soñé con tener una lavandería cerca de casa y
poder tirar todos los recuerdos en esas lavadoras industriales. Y ahora que la
tengo, puedo observar como todo da vueltas para luego desaparecer, esfumarse,
los momentos, la vida, las camisetas azules, los calcetines desparejados.
Hay días en los que no entiendo el mundo y no me importa en
absoluto. Me pierdo en mis personajes de cuento y logro alcanzar montañas,
respirar aire puro en medio de la ciudad, doy la vuelta al cielo y vuelvo con
una sonrisa prendida en las manos. Muy a menudo suelo vivir en otros mundos y
olvidar el real. En mi mundo cada día a las 10 de la noche todos escapan, y mi vida
imaginaria y yo salimos a pasear cogidas de la mano, en ese momento se puede
respirar y la gente no corre de un lado a otro por miedo a perderse la vida. Y
es entonces cuando que siento que estoy en total armonía conmigo misma, las farolas me
sonríen al caminar, y olvido y respiro el olor a hojas secas.
La rutina que me envuelve me recuerda que estoy viva, y el
frío aviva mis ganas de vivir el presente y olvidar que el mundo es mundo por
un día.

Genial, tan sencillo y elaborado, sin artilugios pero impresionante. No dejes nunca de regalarnos tus historias.
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