La eterna soñadora de imposibles nunca se conforma con la
realidad. Pese a adornarla con vivos colores, imaginarla a su manera y darle la
vuelta a todo lo que encuentra en su camino, termina ganando la fantasía. La
eterna batalla con el eterno ganador. La comunicación que de verdad consigue
darle la vuelta al mundo tiene menos palabras que cualquier libro y entiende
más de miradas, caricias y besos. He estado dando vueltas en espiral tanto
tiempo que ni el despegue de un avión mueve mis entrañas. Me da más miedo
cuando el que despega es mi corazón sin destino alguno. Dispuesto a dar vueltas
por el cielo hasta terminar el combustible.
Tengo el corazón lleno de sal de las aguas de todos los
mares que lloré, los pies llenos de arena fina y a mi pecho le cuesta respirar.
Las luces del atardecer atrapando mi mirada perdida, un barco que no sabe a
dónde va gira en mis pensamientos. Un día estás aquí y al siguiente no recuerdas
quién eres, cambias el nombre en cada madrugada pero sigues poniendo el corazón
en cada cosa que haces. Te define el corazón en la mirada y a veces dudas si
tirarlo a la vía de un tren… y a veces sin querer dañas a los que tienes al lado.
Tan inconsciente que te cuesta saber dónde colocar tus pasos, no hay camino. El
camino lo tienen que hacer tus pies. Y las heridas por pisar en el sitio
equivocado pueden doler incluso años. Esperando que llegue tu tren, dejándote
mecer por el viento, suspirando por lo que se fue y por lo que vendrá, soñando
con algo que nunca paso y quizá nunca pase. Pura fantasía que te hace cerrar
los ojos hasta que te duelen, y cuando los abres te das cuenta que dejaste ir
la realidad para dar paso a algo que no existe. Igual ni tu existes, ni yo
existo, ni nada existió.
Quizá me pase la vida
debatiéndome entre la fina línea que separa la realidad de la fantasía, donde
viven los trucos de los magos que son imposibles, la magia de las estrellas
fugaces y de las casualidades que recuerdan toda una vida.

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