Por cierto, el video lo he buscado después de escribirlo todo. Por un momento prometo que me he quedado helada al ver el principio del vídeo...si leéis y lo veis tal vez entendáis el por qué.
La vida no era fácil. Y ella
se limitaba a sentarse en el alféizar de su ventana mientras la gente,
apresurada, abarrotaba las calles. Tan gélidas, tan llenas y tan vacías de esa
vida que hacía tanto ruido a su alrededor y que ella no parecía vivir. Las
luces cegadoras, las estrellas fugaces. Y después ese círculo amarillo en sus
retinas al cerrar los ojos.
La vida nunca fue un paseo, no es algo a lo viene a divertirse. La vida es un campo de batalla. Una lucha diaria, constante. Y que probablemente termine venciéndonos mientras nos limitamos a desaparecer de la faz de la tierra. Y sí, nos recordarán las siguientes generaciones. Nuestros hijos, nuestros nietos. Tal vez nuestros bisnietos sepan cómo nos llamábamos. Y puede que esas palabras perdidas, esas fotos olvidadas, esos actos, logros que tanto nos ha costado conseguir, se pierdan en el recuerdo de lo que fuimos una vez y nunca más seremos.
La existencia es fugaz, efímera. Venir para irse. Despertarnos cada día sabiendo que será un día menos de nuestra vida. Horas que no volverán, minutos, segundos que se pierden. Que se gastan como se gastan los neumáticos de un coche en la carretera en verano. Y mientras ella llora, le asaltan un sinfín de sentimientos. Recuerdos que nunca se han vivido. Ideas, imágenes que tal vez habría deseado convertir en realidad. Todas bajo la luz del atardecer de Julio. Esa luz que solía disfrutar con sus amigas, sentada en el bordillo de cualquier piscina. Ahora le parece que eso sucedió hace siglos y que aquellos fueron los mejores días que vivió. Echaba de menos esos días de sol y de risa. De pensar que eran lo más importante. El ombligo, la esencia de la vida. Que eran las que cambiarían el mundo y que todo se rendiría a sus pies.
Hacerse mayor era simplemente continuar subidos en ese coche al que poco a poco íbamos desgastando las ruedas. Sobre el asfalto ardiente de esas mismas tardes de verano. Llevando el pelo suelto, una canción a todo volumen, gritando mientras sonaba en la radio. Llevando unas gafas de sol, una camisa ancha y una bolsa con lo justo y necesario para no volver en un par de días. Gritando esa letra con sus amigas de toda la vida, sentir que las unía algo más allá de ese momento. Ese momento que ella deseaba capturar para siempre. Abriendo los brazos y notando como el aire levantaba su camisa, su pelo y su sonrisa. Y en ese momento no pudo sentir más felicidad porque no creía que hubiese otro momento que equiparase esa sensación de plenitud. De libertad.
Parar el coche en cualquier recoveco de una carretera, al filo de una montaña. Y ver como se pone el sol mientras bebía las últimas gotas de una botella de cerveza. Y nota como sus hombros chocan con los de esas personas que la han visto crecer a su lado. Que han compartido con ella aventuras y secretos. Que han llorado y reído en cada momento. Las mira y mira como el sol se esconde tras la montaña. Y es capaz de sentir como la vida puede respirarse. Como puede tocarse. Como en ese preciso instante en el que empieza a notarse la brisa de las noches de verano pararía el tiempo. Y no se haría mayor. Quedarse ahí, congelar ese instante de felicidad sabiendo que no hay que volver a sufrir, ni a llorar.
El sol termina por esconderse. Esa es la mejor hora de las tardes de verano. Esa luz, esa paz. Siempre le encantó esa luz y lo que le hacía sentir. Querría parar el tiempo en ese instante y no volver. Quedarse allí para siempre. Y no pensar en que un día no sería recordada por nadie. No pensar en que la vida se encargaría de borrar sus huellas. En aquel instante ella sentía que su huella era imborrable. Sentía la vida fluir en sus venas. En aquel alféizar de aquella ventana, de aquella casa en aquella abarrotada ciudad donde ella sonreía.
La vida nunca fue un paseo, no es algo a lo viene a divertirse. La vida es un campo de batalla. Una lucha diaria, constante. Y que probablemente termine venciéndonos mientras nos limitamos a desaparecer de la faz de la tierra. Y sí, nos recordarán las siguientes generaciones. Nuestros hijos, nuestros nietos. Tal vez nuestros bisnietos sepan cómo nos llamábamos. Y puede que esas palabras perdidas, esas fotos olvidadas, esos actos, logros que tanto nos ha costado conseguir, se pierdan en el recuerdo de lo que fuimos una vez y nunca más seremos.
La existencia es fugaz, efímera. Venir para irse. Despertarnos cada día sabiendo que será un día menos de nuestra vida. Horas que no volverán, minutos, segundos que se pierden. Que se gastan como se gastan los neumáticos de un coche en la carretera en verano. Y mientras ella llora, le asaltan un sinfín de sentimientos. Recuerdos que nunca se han vivido. Ideas, imágenes que tal vez habría deseado convertir en realidad. Todas bajo la luz del atardecer de Julio. Esa luz que solía disfrutar con sus amigas, sentada en el bordillo de cualquier piscina. Ahora le parece que eso sucedió hace siglos y que aquellos fueron los mejores días que vivió. Echaba de menos esos días de sol y de risa. De pensar que eran lo más importante. El ombligo, la esencia de la vida. Que eran las que cambiarían el mundo y que todo se rendiría a sus pies.
Hacerse mayor era simplemente continuar subidos en ese coche al que poco a poco íbamos desgastando las ruedas. Sobre el asfalto ardiente de esas mismas tardes de verano. Llevando el pelo suelto, una canción a todo volumen, gritando mientras sonaba en la radio. Llevando unas gafas de sol, una camisa ancha y una bolsa con lo justo y necesario para no volver en un par de días. Gritando esa letra con sus amigas de toda la vida, sentir que las unía algo más allá de ese momento. Ese momento que ella deseaba capturar para siempre. Abriendo los brazos y notando como el aire levantaba su camisa, su pelo y su sonrisa. Y en ese momento no pudo sentir más felicidad porque no creía que hubiese otro momento que equiparase esa sensación de plenitud. De libertad.
Parar el coche en cualquier recoveco de una carretera, al filo de una montaña. Y ver como se pone el sol mientras bebía las últimas gotas de una botella de cerveza. Y nota como sus hombros chocan con los de esas personas que la han visto crecer a su lado. Que han compartido con ella aventuras y secretos. Que han llorado y reído en cada momento. Las mira y mira como el sol se esconde tras la montaña. Y es capaz de sentir como la vida puede respirarse. Como puede tocarse. Como en ese preciso instante en el que empieza a notarse la brisa de las noches de verano pararía el tiempo. Y no se haría mayor. Quedarse ahí, congelar ese instante de felicidad sabiendo que no hay que volver a sufrir, ni a llorar.
El sol termina por esconderse. Esa es la mejor hora de las tardes de verano. Esa luz, esa paz. Siempre le encantó esa luz y lo que le hacía sentir. Querría parar el tiempo en ese instante y no volver. Quedarse allí para siempre. Y no pensar en que un día no sería recordada por nadie. No pensar en que la vida se encargaría de borrar sus huellas. En aquel instante ella sentía que su huella era imborrable. Sentía la vida fluir en sus venas. En aquel alféizar de aquella ventana, de aquella casa en aquella abarrotada ciudad donde ella sonreía.

¡Hola! te he dejado en mi blog un premio bloguero, porque te lo mereces. Espero que te haga tanta ilusión como a mi.
ResponderEliminarhttp://enelcolederebe.blogspot.com.es/2014/07/premio-versatile-blogger-award.html
¡Un beso!
Mil gracias Rebeca!! Tú si que te mereces todos los premios, es precioso lo que haces y no sólo me refiero al blog ;).Un besote y encantada de leerte siempre. :)
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