Hoy estaba sentada en un banco, esperando. La verdad es que
no prestaba especial atención a nada, porque hoy estoy cansada, con ganas de
meterme en la cama y disfrutarla.
Volvemos a “hoy estaba sentada en un banco”. Me llama la
atención que de repente salen de un portal muchísimas personas, muy distintas
entre sí. Una joven teñida de rubio casi blanco, un tipo con el pelo
larguísimo, una joven tímida y recatada, una madre extranjera a la que le
esperaban sus hijas pequeñas, un músico, todos llevaban un carnet colgando del cuello. Miré hacia arriba, interpreté los rótulos
de las oficinas encendidas, al parecer salían de un curso o algo parecido, pero
eran muchas personas.
De pronto sale una chica, no sé describirla. Pelo por
encima de los hombros, falda corta, fuma un cirgarrillo que deja suspendido en
sus labios. Destaca entre las demás. Tiene algo que el resto no sabe que tiene.
Tras ella aparece otra chica del curso, ambigua, no se conocen, parece que
quiera seguirla para decirle algo.
Sus bicicletas están aparcadas en el mismo sitio.
Coinciden. Pero la del cigarrillo no mira a nadie a los ojos. Dos tíos la miran y le dicen alguna grosería en forma de piropo, no acierto a
escuchar qué dicen, pero a ella le molesta, a mí también me molestan esa clase
de hombres, esos que me dicen alguna gilipollez y creen que me voy a morir de
emoción. Ella reacciona como yo reacciono ante esas cosas tan cotidianas,
primero frunce un poco el ceño, después rectifica, no los mira, no les dice
nada, los ignora.
Coge su bici. La otra también coge su bici.
Se marchan, y cuando alcanzan la esquina más próxima,
toman caminos distintos.
Me han dado ganas de pararla, de decirle: tienes pinta de
protagonista de un libro, o de una buena película.

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