martes, 31 de marzo de 2015

A MIL REVOLUCIONES POR HORA

Alguien fotografía desde el último piso un barrio que no conozco, en el que nunca estuve, pero, por un instante, me encuentro caminando en él. Vuelvo con las bolsas de la compra del supermercado a casa, un bajo. Hoy toco comprar salmón, pan, yogures, y tarros de conservas. Comida enlatada. Llevo años alimentándome de comida precocinada, podría ser un símil de la vida. Paso delante de la floristería, querría comprar un par de flores. Siempre soñé con poder cada mañana coger un ramo de flores del jardín de mi casa, colocar el jarrón en medio de la mesa y preparar el desayuno, pero, me levanto despeinada y no hay jardín en un bajo. Corro a coger el autobús con el termo de café en la mano, camino de vuelta a casa. Es martes por la tarde y hace un sol espléndido, nadie diría que hace tan solo unos días era invierno. Llevo un par de días sin hablar con nadie conocido, el único que me da los buenos días es el dueño de la cafetería cada mañana. Llevo semanas sin escribir. Creo que sería más fácil si hubiese cafeterías en las que el camarero viniera a servirme café cada poco. Y beber y beber café toda la tarde. Con una libreta llena de palabras y tachones, y olor a café, abandonar ese lugar con la libreta llena de vida y el corazón vacío por una vez. Ligero, como el viento. En casa, la ropa huele a suavizante y se mueve con el aire, la cocina está llena de platos usados y en el cajón no quedan cucharillas de postre. Inexplicablemente es el cubierto que más utilizo: me paso el día tomando infusiones. Hace unos días compre una que se llama “Infurelax” y voy a dos sobres por día. 


Infurelax


Querría tener una azotea, vivir en los tejados. Siempre fui de las que sueñan más de la cuenta y se pierden imaginando que pasa más allá de sus ventanas, de sus fronteras. Viviendo en una película interminable, declarándome a las orillas del Sena “siempre pienso en ti, fúgate conmigo”. Pero no hay fugas, los aviones han decidido no aterrizar en este aeropuerto. En este cuerpo
Tengo la cabeza a mil revoluciones por hora y el otro día conté más de mil latidos por segundo, el diagnóstico fue: Sobredosis de realidad (o de café). He llegado a la conclusión de que debo sonreír más, acariciarme más la nuca, olvidar estas ganas de odiar todo lo que me encuentro a mi paso. Centrarme en querer. En quererme bien. Ponerme más vestidos. Caminar más por ciudades desconocidas. Aprender a mirar la vida con otros ojos, aunque sigan verde bosque como siempre. Vivir aventuras en la cama cada noche, leer, leer más, leerte más, ver más allá de tus ojos. Ya ha llegado la noche. Estoy sentada, mirando por la ventana, la soledad se extiende sobre mis ojos, las luces de las farolas llenan de vida cada rincón, es precioso.
Mi único plan para mañana es ponerme mi mejor vestido, salir de casa con ganas, y en el improbable caso de encontrarme contigo, mirarte a los ojos y sonreírte. Te prometo que intentare todos los días ver la vida con estos ojos, pero si algún día me ahogo, ven a rescatarme, que sigo siendo la misma de siempre.

La misma loca que te diría a orillas del Sena “siempre pienso en ti, fúgate conmigo. 

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