Alguien fotografía desde el último piso un barrio que no
conozco, en el que nunca estuve, pero, por un instante, me encuentro caminando
en él. Vuelvo con las bolsas de la compra del supermercado a casa, un bajo. Hoy
toco comprar salmón, pan, yogures, y tarros de conservas. Comida
enlatada. Llevo años alimentándome de comida precocinada, podría ser un símil
de la vida. Paso delante de la floristería, querría comprar un par de flores.
Siempre soñé con poder cada mañana coger un ramo de flores del jardín de mi
casa, colocar el jarrón en medio de la mesa y preparar el desayuno, pero, me
levanto despeinada y no hay jardín en un bajo. Corro a coger el autobús con el
termo de café en la mano, camino de vuelta a casa. Es martes por la tarde y
hace un sol espléndido, nadie diría que hace tan solo unos días era invierno.
Llevo un par de días sin hablar con nadie conocido, el único que me da los buenos
días es el dueño de la cafetería cada mañana. Llevo semanas sin escribir. Creo
que sería más fácil si hubiese cafeterías en las que el camarero viniera a
servirme café cada poco. Y beber y beber café toda la tarde. Con una libreta
llena de palabras y tachones, y olor a café, abandonar ese lugar con la libreta
llena de vida y el corazón vacío por una vez. Ligero, como el viento. En casa,
la ropa huele a suavizante y se mueve con el aire, la cocina está llena de
platos usados y en el cajón no quedan cucharillas de postre. Inexplicablemente
es el cubierto que más utilizo: me paso el día tomando infusiones. Hace unos días
compre una que se llama “Infurelax” y voy a dos sobres por día.
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| Infurelax |
Querría tener
una azotea, vivir en los tejados. Siempre fui de las que sueñan más de la
cuenta y se pierden imaginando que pasa más allá de sus ventanas, de sus
fronteras. Viviendo en una película interminable, declarándome a las orillas
del Sena “siempre pienso en ti, fúgate conmigo”. Pero no hay fugas, los aviones
han decidido no aterrizar en este aeropuerto. En este cuerpo
Tengo la cabeza a mil revoluciones por hora y el otro día
conté más de mil latidos por segundo, el diagnóstico fue: Sobredosis de
realidad (o de café). He llegado a la conclusión de que debo sonreír más,
acariciarme más la nuca, olvidar estas ganas de odiar todo lo que me encuentro
a mi paso. Centrarme en querer. En quererme bien. Ponerme más vestidos. Caminar
más por ciudades desconocidas. Aprender a mirar la vida con otros ojos, aunque
sigan verde bosque como siempre. Vivir aventuras en la cama cada noche, leer,
leer más, leerte más, ver más allá de tus ojos. Ya ha llegado la noche. Estoy
sentada, mirando por la ventana, la soledad se extiende sobre mis ojos, las
luces de las farolas llenan de vida cada rincón, es precioso.
Mi único plan para mañana es ponerme mi mejor vestido, salir
de casa con ganas, y en el improbable caso de encontrarme contigo, mirarte a
los ojos y sonreírte. Te prometo que intentare todos los días ver la vida con
estos ojos, pero si algún día me ahogo, ven a rescatarme, que sigo siendo la
misma de siempre.
La misma loca que te diría a orillas del Sena “siempre
pienso en ti, fúgate conmigo.

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