En las películas parece todo tan fácil, el beso de despedida
se da en el tercer escalón y es fácil. Muy fácil. No hay medias tintas. Cuando
se siéntese, se siente con todas las de la ley y el protagonista es capaz de
dar la vuelta al mundo por ella. Y ella haría lo mismo, y le recibe con los
brazos abiertos en el aeropuerto. Sonriente. Feliz.
El mundo se confabula para que la historia de amor salga
bien, y la recuerden toda la vida como algo especial.
En la vida no es así. Cuando tú sientes la otra persona no
siente o prefiere olvidar. Cuando alguien se enamora de ti tú no te ves capaz
de darlo todo. Y así, vamos viviendo, olvidando, rehaciéndonos por dentro.
Recomponiendo los pedacitos que se llevan algunos, recogiendo lo que nos dan
otros. Tal vez sólo se trate de comprender que la vida no es una película. Que
los besos perfectos no existen, sino que son perfectos para nosotros, porque
los momentos bonitos tendemos a “perfeccionarlos”. Que absorber el mar de todo
el universo y meterlo en una botella es un imposible. Los corazones tienden a
estar medio llenos o medio vacíos, pero de lágrimas. La gente solitaria que
viaja en avión nunca tiene a nadie esperando su llegada. Los besos que se dan
bajo el agua del mar tienden a deshacerse en el infinito. Se hacen invisibles y
vuelan hacia un lugar secreto que nadie sabe dónde está.
Los corazones dibujados en la arena se deshacen con la ola
siguiente. Los deseos de las estrellas fugaces tienen una lista de espera de
250 años, nunca llegaremos a cumplirlos. Todo lo que llega acaba yéndose. Todos
los momentos acaban pasando y terminas tú. Sola. Mirándote por dentro y hacia
el infinito a la vez. Preguntándote en qué punto del camino escogiste el
equivocado, con que piedra tropezaste, cuantos deseos echaste a perder, cuantas
veces cosiste tu corazón…y te das cuenta de que cada vez quedan menos hilos.
Que caminas en blanco y negro, y crees cada segundo un poco menos en las
películas.

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